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La primavera y el otoño son estaciones maravillosas para disfrutar de la lectura en la naturaleza madrileña.
Nuestro Ilustrado más conocido, Gaspar Melchor de Jovellanos se inspiró en este bellísimo paisaje de la sierra de Guadarrama, el Monasterio de El Paular, para componer un poema amoroso.
Jovellanos se alojó en el Monasterio del Paular hacia 1779 y escribió allí la Epístola de El Paular, un lamento por las infidelidades de una mujer.
Rodeado de frondosos y altos montes
se extiende un valle, que de mil delicias
con sabia mano ornó Naturaleza.
Hoy en día es posible conocerlo bastante bien conservado, bastante fiel a como el escritor lo conoció.
Jovellanos se alojó en el Monasterio del Paular hacia 1779 y escribió allí la Epístola de El Paular, un lamento por las infidelidades de una mujer.
Rodeado de frondosos y altos montes
se extiende un valle, que de mil delicias
con sabia mano ornó Naturaleza.
Hoy en día es posible conocerlo bastante bien conservado, bastante fiel a como el escritor lo conoció.
Luis García Montero escribió uno de sus mejores poemas a Jovellanos titulado, El insomnio de Jovellanos
Castillo de Bellver, 1 de abril de 1808. |
Porque sé que los sueños se corrompen, he dejado los sueños. El mar sigue moviéndose en la orilla. Pasan las estaciones como huellas sin rumbo, la luz inútil del invierno, los veranos inútiles. Pasa también mi sombra, se sucede por el castillo solitario, como la huella negra que los años y el viento han dejado en los muros. Estaciones, recuerdos de mi vida, viene el mar y nos borra. El mar sigue moviéndose en la noche, cuando es sólo murmullo repetido, una intuición lejana que se encierra en los ojos y esconde en el silencio de mi celda todas las cosas juntas, la cobardía, el sueño, la nostalgia, lo que vuelve a la orilla después de los naufragios. Al filo de la luz, cuando amanece, busco en el mar y el mar es una espada y de mis ojos salen los barcos que han nacido de mis noches. Unos van hacia España, reino de las hogueras y las supersticiones, pasado sin futuro que duele todavía en manos del presente. El invierno es el tiempo de la meditación. Otros barcos navegan a las costas de Francia, allí donde los sueños se corrompen como una flor pisada, donde la libertad fue la rosa de todos los patíbulos y la fruta más bella se hizo amarga en la boca. El verano es el tiempo de la meditación. Y el mar sigue moviéndose. Yo busco un tiempo mío entre dos olas, ese mundo flexible de la orilla, que retiene los pasos un momento, nada más que un momento, entre la realidad y sus fronteras. Lo sé, meditaciones tristes de cautivo... no sabría negarlo. Prisionero y enfermo, derrotado, lloro la ausencia de mi patria, de mis pocos amigos, de todo lo que amaba el corazón. En el mismo horizonte del que surgen los días y la luz que acaricia los pinos y calienta mi celda, surgen también la noche y los naufragios. Mis días y mis noches son el tiempo de la meditación. Porque sé que los sueños se corrompen he dejado los sueños, pero cierro los ojos y el mar sigue moviéndose y con él mi deseo y puedo imaginarme mi libertad, las costas del Cantábrico, los pasos que se alargan en la playa o la conversación de dos amigos. Allí, rozadas por el agua, escribiré mis huellas en la arena. Van a durar muy poco, ya lo sé, nada más que un momento. El mar nos cubrirá, pero han de ser las huellas de un hombre más feliz en un país más libre. De: Habitaciones separadas |

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