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| Reniala - Saleta Rosón |
"Hace unos años", explicaba el ensayista y poeta Rafael Argullol en esta conferencia sobre el arte del futuro para la Fundación Juan March "vi una exposición en Moscú sobre los grandes proyectos para construir la Ciudad Nueva para la Sociedad Nueva y el Hombre Nuevo y entre esos grandes proyectos había una propuesta de Le Corbusier que consistía en destruir prácticamente todo Moscú. Y el propio Le Corbusier se ofrecía para hacer esa nueva ciudad".
El totalitarismo derivado de esas esperanzas frustradas que no sólo fueron Auschwitz o el Gulag "o la combinación mefistofélica entre tecnología y representación. También estuvo en las propuestas más reformadoras y progresistas", explicaba.
"Lo que llamamos modernidad", continuaba Rafael Argullol "ha estado teñido en tan algo grado de aquello que los griegos llamaban hibris, de desmesura, que en un momento determinado pierde todo control y se lanza, para usar un título de Joseph Roth, a una fuga sin fin para lo que no hay marcha atrás".
"Pero sería injusto si en este proceso no viésemos las energías liberadas porque si no lo hiciéramos, habitaríamos en un horizonte de nihilismo que me parece inaceptable y falso".
Una de las falacias del mundo en el que estamos ahora es que "se había acostumbrado a una hacer una lectura fácil y ese era uno de los errores fundamentales, una visión demasiado progresiva, lineal de lo que es la historia de la humanidad".
"Era fácil leer el mundo entre capitalismo y comunismo", reflexiona, "y la maldad o la bondad se ponían según el mirador. Pero el mundo que vivimos ahora con todas sus penurias es más libre. El mundo posterior a la caída del muro de Berlín y la bipolaridad es un mundo más libre". [Y hay que destacar la fecha de esta conferencia, impartida en 1998].
"Superado el eurocentrismo y ante el amanecer de un posible policentrismo cultural, el mundo es más libre aunque sea más complejo".
Estamos en una posición "interesante para la automesura (...) y cuando hablo de arte del futuro me refiero a ese interrogarse alrededor del enigma (...)".
El arte moderno, asevera Rafael Argullo, "ha liberado al arte como pura percepción".
Si por un lado, y ya en 1876, Friedrich Nietzsche se refería a que quizá nunca antes el arte había sido entendido con tanta profundidad cuando precisamente se vaticinaba su muerte.
Por otro, el poeta Friedrich Hölderlin apelaba a la necesidad de crear nuevos dioses y las respuestas a su petición teística fueron el mito del progreso, de la utopía.
El arte se adentró en un paisaje nunca definido que había de llevarnos a la verdad y la ilusión, evitando el nihilismo y esa disolución de sí mismo a que conducía la ironía romántica.
Y ese nuevo camino de lo que hablaba era del fin de la cultura occidental de raíz renacentista y de la aceptación "por primera vez explícita del vacío".
Rothko y Kandisky, afirma Rafael Argullol, "son la apertura de ese arte a eliminar la división entre ideas y sensaciones que hasta ahora sólo estaba aceptada en la tradición bizantina y rusa: el arte no es exclusivamente la obra de arte sino el propio proceso de conocimiento que implica su ejecución".
"Los grandes iconos de Andréi Rubliov nos llaman la atención porque la relación del espectador con aquello que ve es totalmente distinta de la tradición renacentista. No se propone el icono lograr ese objetivo de carácter mimético".
Éste puede ser el elemento liberador del arte moderno. "A través de ese carácter visionario que yo otorgo al arte ha preparado a la conciencia occidental a aceptar un nuevo escenario distinto por completo".
El arte moderno ha anticipado la quiebra de esos grandes relatos como el del progreso.
"La eclosión de policentrismos culturales ha traído una riqueza sin precedentes, como una lectura nueva del mundo y la crisis del eurocentrismo" pero pasa por desmentir esa idea de darwinismo civilizatorio según el cual "la humanidad avanza etapa tras etapa y que cada una arruina a la anterior".
De repente, nuestro mundo está iluminado desde muchos focos y no sólo desde los vinculados, denominados nada ortodoxamente, desde la razón. "El cosmopolitismo uniforme, ese sí que conducía al nihilismo, al tedio universal".
Una de las reivindicaciones, conluye, "del arte moderno es poner en equilibrio el conocimiento científico y el enigmático que proporciona el arte. Toda discusión moderna del arte debe tener en cuenta una discusión sobre el mundo. La autonomía del arte ha sido fecunda pero también autista. Nos parece que la ciencia plantea preguntas que conciernen a nuestro futuro pero el arte está petrificado y fetichizado en los museos, en el mercado. No ofrece esos indicios de futuro que exige el hombre".
"El arte como posibilidad de conocimiento me parece decisivo".
El arte del futuro, según Rafael Argullo, irá mucho más en el sentido de un arte moderno universal en sus encarnaciones. "Sabrá integrar lo que otras tradiciones culturales han entendido por arte y no sólo nosotros".
"El artista, en definición de Ósip Mandelshtam es un maestro del eco. Aquellas interrogaciones que siguen siendo necesarias en nuestra vida, las preguntas internacionales sobre nosotros mismos".
"Como afirmaba George Steiner en Presencia Reales (Ed. Siruela) para no caer en esa hibris mefistofélica del siglo XX", finalizaba.
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