Hace unos días, me acerqué a ver la exposición del pintor hiperrealista, José Miguel Palacios. Naturaleza de asfalto que estará abierta hasta el 24 de mayo y es de acceso libre.
A los madrileños, y quien está en Madrid lo "es", nos encanta cualquier exposición que tenga que ver con nuestra ciudad.
Ya sea de juguetes de principios del siglo XX, de cantaoras para las que Madrid fue un antes y un después o ésta, de José Miguel Palacios, en la que reconocemos los trenes de cercanías, los puestos de los mercados o la Gran Vía.
En cualquier muestra de nuestra ciudad se produce, además, un fenómeno curioso. La gente habla entre sí, se pregunta, se corrige. ¿Qué barrio es éste? ¡Este juguete lo tuve yo! ¡Hasta los cables están perfectos! Y entabla conversaciones en el recorrido. Después, la recomienda a otros y muy pronto se convierte en un éxito de visitantes. Si se quiere llenar una sala, que el tema sea Madrid.
En Naturaleza de asfalto me llegaron recomendaciones de ir a verla y una vez allí, hubo como era de esperar, conversaciones espontáneas.
Pero algo me ha fascinado esta vez, se ha tenido el detalle de añadir dos vitrinas makingof . En la fotografía, la de sus lápices y pinceles. En la contigua la de su minucioso detallado de su planilla horaria.
"Para conocer el tiempo invertido en cada cuadro y para mantener la disciplina comprobando si el tiempo semanal dedicado se ajusta a lo planificado", dice la cartela.
A qué se debe que tantas exposiciones tengan ahora un espacio dedicado al proceso de trabajo del artista, a los materiales que utiliza, al tiempo que emplea. En la bellísima Vitae de Leticia Reyero no ha faltado una vitrina con sus útiles de trabajo y sus bocetos.
Las razones tradicionales por las que nos gustaba asomarnos al estudio del pintor o ver su cuaderno de bocetos eran sabidas: desmitifica al artista, valora más su esfuerzo, nos planteamos que al fin y al cabo, comenzaron con una hoja en blanco o una piedra en bruto y quizá nosotros también seríamos capaces de hacerlo.
Sin embargo, hay aspectos nuevos en el tiempo de Internet. Los youtuber han descubierto que nos gusta ver pintar, ver comer, ver estudiar, ordenar e incluso ver abrir paquetes. Ver, en resumen, contenido anodino sin guionizar.
Estos vídeos se denominan ASMR y se han especializado en vídeos con sonido o sin sonido.
Incluir vitrinas con lapiceros gastados, pinceles, un mazo o virutas es otro aspecto de la tendencia ASMR.
Pero quizá hay algo más, nuestra búsqueda de autenticidad.
En un mundo en el que los grandes emisores de fake news son los propios gobiernos y sus endoparásitos, los poderosos grupos de interés; los políticos et al se dieron cuenta de que las campañas y los engaños no podían presentarse bien encuadrados, bien enfocados, bien acabados y bien terminados porque algo estaba ocurriendo en Internet.
Ahí estaba la guerrilla youtube con un móvil grabando como podía y logrando millones de visitas, publicando contenidos que a un mastodonte televisivo convencional ni se le había ocurrido que podían interesar al público. El tufo de lo relamido comenzó a ser sospechoso por falso.
Mientras que lo imperfecto y lo casero, lo precario y las buenas intenciones con resultados quizá algo chapuceros se habían abierto paso. Nos parecieron más reales, creíamos que eran auténticos.
Acudimos a una exposición, contemplamos el detallado obsesivo de las horas de trabajo, los papeles de acuarela, sus cuadernos atiborrados, los restos de lapiceros, sus tachaduras y sus correcciones.
No hay atajos si quieres lograr estos resultados, hay que labrar piedra, hay que gastar lápices, hay que producir desechos, hay que dudar y corregir e intentar enmendar. Hay borrones y desconchones y, a veces, torpeza y lamentos.
Como la tosca terquedad de la real vida misma.
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