lunes, 30 de diciembre de 2019

Galdós, el afortunado; Miguel Delibes, el outsider - Universidad Popular de Alcobendas

"Qué magnífico sería abarcar todo Madrid", exclamó Benito Pérez Galdós subido a la torre de la Iglesia de Santa Cruz, considerada en su tiempo la más alta de la ciudad. Con apenas veinte años ya tenía trazado su proyecto de vida: retratar en la mayor amplitud posible toda la vida madrileña y a ello se dedicaría hasta su muerte.

Al igual que Cervantes, Galdós no tuvo intención de escribir novelas. Ambos escribieron poemas y tuvieron la lucidez de saber que eran malos poetas. Intentaron triunfar en el teatro pero no fueron capaces de abrirse un hueco. En el teatro se hacía dinero cuando ni el cine ni la televisión existían pero muy pocos vivían con desahogo de su dramaturgia.

Ambos estuvieron en el lugar y el momento oportunos. Ambos fueron longevos y afortunados. Uno inauguró un género, el otro perteneció a un tiempo en el que Occidente esgrimía la ciencia, y no la verdad caída de los cielos, como método de conocimiento. Salir para ver, medir, experimentar, comprobar; mientras la religión se retiraba a sus dominios naturales: el misterio. Galdós observa y anota el mundo que le rodea. Eran los tiempos de Balzac, de Víctor Hugo, de Dickens, de la grandes novelistas rusos; del llamado Gran Realismo.

Hombres cuyo mérito visto desde el siglo XXI no es ya su ambición totalizadora, contarlo todo de todos, ni su capacidad de trabajo (Galdós además de artículos periodísticos entregaba 100 cuartillas mensuales corregidas para imprimir).

Hoy en día, envidiamos la sencillez de un mundo en el que era admisible la perspectiva única de un único hombre. Un Galdós o un Tolstoi acometían con total seguridad narrar vidas desde su condición individual y hacerlo en una determinada estructura mental, la ficción.

Nosotros, por el contrario, asistimos a la agonía de lo ficticio en la literatura y especialmente de su forma más popular: la novela, que pierde cada vez más páginas y su tirada es cada vez más reducida. Experiencias lineales son ahora denominadas las novelas por los expertos en nuevas tecnologías. Los hombres y mujeres de hoy en día estamos a otra cosa, las bibliotecas se cierran y el lector tiene la sensación de que la narrativa contemporánea apenas va más allá del contarse algo a uno mismo. Es la consecuencia de las calles vacías y los individuos atomizados. Apenas hay experiencias colectivas.

Sabemos demasiado de demasiadas cosas, hemos de trazar cada palabra con un cuidado extremo: ¿conquista o descubrimiento? ¿no sería mejor, genocidio? ¿guerra mundial o gran guerra?  ¿Quién se siente legitimado, capaz de arrogarse la potestad de escribir sobre la vida al completo de una ciudad entera? De ser voz de las mujeres, de los megarricos, de los excluidos de barrios marginales, de los llegados en pateras. De escribir Fortunata y Jacinta y Miau, y la Desheredada y la historia Completa de España en Episodios Nacionales. 

En este sentido, la exposición sobre Benito Pérez Galdós en la Biblioteca Nacional no va más allá de una mera descripción: aquí el montón de cuartillas que escribía, aquí una foto con su perro, aquí el Madrid del XIX, aquí su amante, aquí la siguiente.


El otro curso que impartiré en la Universidad Popular Miguel Delibes de Alcobendas será precisamente, sobre Miguel Delibes. Un escritor que tiene una nueva vigencia: la voz, el canario en la mina, de la España vaciada. Tras la guerra civil, el régimen franquista hubo de reconocer su fracaso en mejorar la situación económica de España y optó por lo único que permitía un salto colosal hacia la prosperidad por encima de una imposible industrialización del país: el turismo de sol y playa.

Esto significó la sentencia de muerte para el interior, para el campesinado. Y allí, en provincias, en un periódico de una ciudad pequeña con una familia numerosa de muchos hijos, Delibes se obstina y escribe sobre lo rural. Esto solo era posible asumiendo el riesgo de convertirse en un outsider de la literatura porque entonces, como ahora, Madrid y Barcelona eran los núcleos de la industria editorial. Pero su apuesta le salió bien. Eran los años de Camilo José Cela y su Pascual Duarte. De la mirada desoladora sobre pueblos de los que todos huían para recalar en las corralas de Lavapiés o las chabolas del Somorrostro en Barcelona.

Miguel Delibes, en cambio, toma la pluma y escribe El camino sin ironía, sin miseria moral; repleto del sentimiento más extraño a toda la literatura española: la ternura.


Galdós y Delibes, maestros de la narración
Maribel Orgaz

Comienzo, 13 de enero
Universidad Popular de Alcobendas
Ambos cursos están completos













miércoles, 18 de diciembre de 2019

Todas las historias que viven en mí - Care Santos en Alcobendas

Maribel Orgaz - info@leerenmadrid.com
Presentar a una escritora como Care Santos es un privilegio especial y por muchos motivos. Care, Premio Nadal, Premio Ramon Lull, Premio Primavera y un largo etcétera; continúa escribiendo con pasión y entusiasmo después de veinticinco años dedicada a ello: "sé que no me va a dar tiempo a escribir todas las historias que quiero contar"; es generosa con sus influencias y su admiración literaria: "me han influido más los escritores hispanoamericanos que los españoles", "os recomiendo leer el ensayo de Murakami De qué hablo cuando hablo de correr"; y habla con naturalidad de su maternidad, sus hijos, sus anécdotas de vida doméstica.

Doce novelas, decenas de cuentos, una obra de teatro e incluso poemarios. Una obra amplia, de diferentes registros que atrae a todo tipo de lectores. Y cuando me refiero a variedad es en todo el sentido de la palabra: un lector encandilado de 8 años acudió a la presentación de la tarde para preguntar de dónde sacaba sus ideas para tantos personajes; muchos jóvenes llevaron libros para firmar y los adultos se interesaron por su opinión acerca de la adaptación televisiva de Habitaciones cerradas o cuándo empezó su vocación literaria, en qué estaba trabajando ahora.



Escribe por las mañanas, "me he dado cuenta de que mi cabeza funciona mejor", "no siento vacío al terminar una novela porque ya tengo la idea para la siguiente", "escribo un primer borrador del tirón y así no tengo bloqueo, tardo unos tres meses pero en corregirlo tardo más que en escribirlo". "¿Y si no sabes por dónde continuar con un personaje", le preguntó uno de sus lectores quinceañeros. "Si me bloqueo me hago un café, o me doy una ducha o si es un poco más largo, me doy un paseo por la playa porque tengo la suerte de que está muy cerca de mi casa".


Despoblación
Care Santos

Igual que de esos pueblos de los que huye la gente
el día en que se vienen abajo los tejados,
entiendo que te escapes de mi vida.

Aquí no queda nada: escombros y cascotes
y madera podrida que ni siquiera arde.

Autorretrato
Care Santos

Tengo treinta y seis años.
Sólo soy un estorbo para la evolución.
He parido tres hijos, pero hace varios meses
que desteté al pequeño.
Nunca fabriqué nada con las manos.
No tallo, no modelo.
Nunca hice una escudilla. O una mesa.
No domaron mis manos la madera ni el barro
ni ninguna otra cosa.
No sé curar enchufes ni comprendo los grifos.
Ni siquiera soy buena devolviendo un botón
a su lugar.
Fui un año presidenta de la comunidad
de propietarios
                      mas yo siento que no fue suficiente.
No soy capaz siquiera de matar a un cangrejo.
Incluso me conmueve ver colorear un pez fuera del agua.
No conozco de trucos ni pócimas capaces de sanar;
                      nunca he matado a nadie.
Nada entiendo de arados ni de recolecciones.
Desconozco el placer de ver crecer aquello
cuya semilla deposité en un surco.
Durante muchos años me he sentido orgullosa
de saber ejercer un oficio antiquísimo:
proporcionar placer
(y a la vez ser capaz de recibirlo).
Mas ahora he aprendido que tampoco en la cama
soy insustituible
                       aunque tengo muy alto el umbral del dolor
                       y grandes aptitudes para ser humillada.
De amor, mejor ni hablar:
no hay nada más inútil en la tierra
que lo que no podemos retener.
De modo que lo único que tengo
es mi tenacidad para unir noche y día
una palabra a otra.
Con ellas formo frases
                       que a su vez forman párrafos
que a su vez son historias,
pero es algo que muchos son capaces de hacer,
tal vez mejor que yo.
                                           O con más éxito.

De modo que aquí estoy.
Tengo treinta y seis años.
No sirvo para nada.


lunes, 9 de diciembre de 2019

La poesía fue creada para ser recitada en público - Juan Carlos Tejero, poeta

Juan Carlos Tejero presenta el próximo 13 de diciembre en el Centro Cultural Casa de la Cadena en Pinto a las 18h. su tercer poemario, El eco de las voces. Antes, había publicado El disfraz de los paisajes (Amargord, 2012) y Anónimos también en Cuadernos del Laberinto, además de dos obras de teatro para público juvenil. Tejero ha ejercido como profesor de lengua y literatura y su poética, en sus propias palabras, son también un reflejo de lo que sueña y de lo que lee y no sólo de lo que vive.

La dedicatoria de El eco de las voces es muy hermosa, A todos mis amigos que deseaban que siguiera escribiendo.

El libro, en un principio, carecía de dedicatoria y fue propuesta de mi editora Alicia Arés para que incluyera una.

Recordé algunos consejos de varios amigos que al publicar El disfraz de los paisajes y Anónimos me sugirieron que siguiera escribiendo poemas. Ello no solo es un halago, sino una conexión cordial con todos ellos y una invitación a la reflexión y al trabajo poético.

Este nuevo poemario qué significa en su trayectoria de escritura.

El eco de las voces es mi tercer poemario y creo que supone un mayor grado de madurez respecto de los anteriores. El primero fue una iniciativa de mi amigo Jesús Urceloy y agrupé unos poemas de temática heterogénea. En Anónimos quise que tuviera la unidad de la que carecía el primero tomando como motivo central el homenaje a determinadas personas que desinteresadamente ofrecen todo su saber. En El eco de las voces el criterio es también uniforme, pero creo que los versos han ganado en profundidad y en intención, pues son el reflejo de una idea común: quise que algunas de mis lecturas literarias se convirtieran en materia poética; si bien, al volver a ver la película de Adolfo Aristarain, Un lugar en el mundo, las palabras de José Sacristán sobre la “lectura” de un simple objeto como una piedra me hicieron modificar mi propósito: no solo lo literario sería mi referencia, sino también mi interpretación poética de algunas películas o de algunos acontecimientos recientes de nuestra realidad social o de cualesquiera signos. Me parece que el poemario ha ganado en solidez en las ideas que quiero transmitir y en los temas que más me preocupan: aparte de los literarios, la injusticia con los más débiles y la falta de solidaridad con los problemas de los demás. Si no somos capaces de hacer nuestras esas dificultades y carencias, no podremos resolver las propias.



A qué cree que se debe el auge de la poesía en estos tiempos no precisamente poéticos.

La poesía es un género que, a pesar de tener unos escasos y devotos lectores, es el que concentra sin duda las emociones de una manera más evidente, por eso precisamente en estos tiempos de depresión y constante crisis, que supone pobreza para muchos y riqueza para unos pocos, la poesía es un medio ideal para proyectar los problemas individuales a modo de catarsis. El acceso a las nuevas tecnologías y el consumo compulsivo, propiciado por los medios de comunicación a través de la publicidad, no favorecen esas dificultades, bien al contrario, el deseo se aleja de la realidad, como suscribiría Luis Cernuda.

Hace unos meses apareció una noticia que contaba que el número de suicidios había aumentado un 30 por ciento en España, especialmente en las personas cuyo intervalo de edad es de 20 a 35 años, lo que da pie a pensar en la insatisfacción de nuestra vida actual. Una adecuada educación es fundamental para reconducir determinadas conductas y la poesía puede contribuir a una posible, llamemos, redención. 

Si la poesía es intensidad, ritmo y voz. Qué es, en su opinión La Voz.

En la perspectiva de mi poemario llamo voz a los orígenes literarios o no que me han permitido crear cada uno de mis poemas, de ahí que yo me convierta en eco de esas voces. El poeta, como dice Osip Maldelstam, “es el maestro del eco”, por cuanto la obra escrita se genera a partir de otras anteriores que se manifiestan como referencias, es decir, surgen de lecturas y de convertir deseos, ideas y emociones en imágenes a veces con cierta y relativa originalidad. Contradiciendo a Larra, con todos los respetos, se escribe porque se lee y se lee porque se escribe.

Ajeno a esa interpretación, considero que la poesía fue creada para ser recitada en público, independientemente de convertirse en literatura escrita. Es un placer del poeta convertirse en rapsoda. Los recitales, las tertulias, las llamadas jam session poéticas promueven este tipo de actos y son excelentes muestras de ese vestigio inicial de la poesía, tan cercana a la música.


Colabora en la Sociedad Española de Estudios Literarios de Cultura Popular.

La colaboración con SELICUP (Sociedad Española de Estudios Literarios de Cultura Popular) viene de lejos, concretamente de los años 90, en que mi mujer Isabel Gutiérrez y yo recogíamos materiales de literatura popular de algunos informantes de la comarca de la Axarquía malagueña. Se inició con unos cursos de doctorado dirigidos por el profesor José Fradejas Lebrero en que recopilábamos materiales de literatura oral. El entusiasmo fue extraordinario por el hallazgo tan natural de encontrar informantes de muy escasa instrucción educativa y, sin embargo, conservaban en su memoria romances, coplas, cuentos… que nos remitían en muchas ocasiones a periodos medievales de nuestra Literatura.

SELICUP organiza encuentros cada dos años, aproximadamente, en distintas universidades de España. Hasta ahora hemos colaborado en cuatro ocasiones con distintos temas como cuentos anticlericales, nanas o canciones de columpio. Aún seguimos recopilando materiales para posteriores congresos y nuestros informantes de distintos pueblos malagueños ya se han convertido en amigos que nos localizan a otras personas que atesoran esa sabiduría literaria. 

Se ha dedicado a la enseñanza, qué aportaría la poesía (y no el estudio de su historia) al aula.

La poesía, como decía más arriba, es un texto literario ideal para ser expresado en voz alta y el centro educativo es un lugar inmejorable para que los alumnos se acerquen a la literatura de autores clásicos o modernos. No importa que a veces no entiendan el significado de los poemas, basta con que se acerquen a la musicalidad de las palabras y se dejen seducir por ellas. Se pueden adaptar los textos al nivel de cada grupo de alumnos y esa es tarea del profesor, pues debe conocerlos y recopilar los poemas adecuados.

Las actividades que permite la poesía –y que he podido realizar con mis alumnos– coinciden con otros géneros literarios, pero el aprendizaje memorístico de fragmentos o poemas enteros es más propio de ella, al igual que la posibilidad de verla interpretada por cantautores o la de imitar obras aparentemente sencillas, como las odas elementales de Pablo Neruda, también los caligramas, los poemas surrealistas, romances y haikus. Los propios alumnos pueden recoger materiales de literatura oral acercándose a sus abuelos, especialmente si proceden de zonas rurales. Los encuentros de los alumnos con escritores consagrados es un importante estímulo que acerca al creador con un público infantil o adolescente, etapas favorables para los comienzos de los primeros acercamientos a la poesía.




Solo la palabra nos salva del espejismo,
convierte la lucha en remanso,
fruto de inigualable savia.
La palabra es nuestra religión,
la inercia con que se rechaza
la liturgia del dios del sufrimiento,
de la lágrima avergonzada,
del camuflado perdón
que evoca la causa del poder.



La palabra anuncia lo desconocido
y transforma la obediencia
en la ansiada libertad.


miércoles, 4 de diciembre de 2019

En un relato, cada elemento tiene que encajar a la perfección - Alberto Martínez, escritor

Maribel Orgaz - info@leerenmadrid.com
Alberto Martínez es un multipremiado escritor de relatos y también de novela: Las ruinas blancas fue galardonada en el XVI certamen «Santa Isabel de Aragón, reina de Portugal» y Trovas de fierro mereció el «Alfonso Sancho Sáez». De todos los elogios que ha recibido, el que más le ha gustado fue el de una lectora: "escribes como un ángel". Estos días presenta Un ciervo en la carretera, veinte relatos de épocas y personajes muy distintos. [11 de diciembre a las 19.30h en la librería Letras a la Taza de Tudela y el 16 de diciembre, a las 19.30h en Librería General de Zaragoza]

Un ciervo en la carretera es tu nuevo volumen de cuentos. ¿Qué tiene el cuento frente a la novela?

He de reconocer que en esta respuesta no puedo ser objetivo. Aunque ahora esté presentando Un ciervo en la carretera, una antología de relatos, yo siempre me he reconocido como novelista. Tengo dos novelas editadas y otras dos a media acabar. Eso no quiere decir que reniegue de los relatos. Al contrario, escribir obras más breves, de ocho o diez páginas (e incluso últimamente bastante menos) me ha permitido probar recursos estilísticos que luego he desarrollado en las novelas. Para mí los relatos han sido una especie de laboratorio de ideas.

No soy de los que creen que escribir dos páginas sea más difícil que doscientas, y más difícil todavía escribir dos líneas. Para mí, las ventajas con respecto a una obra de mayor aliento son evidentes. Eso sí, el relato tiene una dificultad evidente, y es que todo ha de estar en su sitio; cada elemento, cada rueda y engranaje, tienen que encajar para que el mecanismo funcione. La novela, en cambio, es más bien un cajón de sastre. Te da mayor libertad a la hora de crear ambientes y tramas, y desarrollar los personajes. Podría decirse que las novelas te permiten ser aprendiz de mago, puedes ser Harry Potter si quieres. En los relatos desde la primera línea tienes que ser Dumbledore.

Lo presentas el próximo 11 de diciembre a las 19.30h en la librería Letras a la Taza de Tudela y el 16 de diciembre, a las 19.30h en Librería General de Zaragoza, pero ya estás trabajando en una saga de la Edad Media. ¿Qué consejo darías a un escritor bloqueado?

A todos nos pasa alguna vez el quedarnos a medias, saber lo que quieres decir o tener una idea aproximada pero no conseguir avanzar, quedarte atascado y darle vueltas y más vueltas sin que te sirva nada. En mi caso, yo solía escribir a mano. Los primeros relatos de esta antología, de hecho, los escribí así, pero el resto he acabado escribiéndolos con el ordenador. He descubierto que trabajo más rápido y no suelo atascarme. A eso añade que, como generalmente tengo tan poco tiempo (por las obligaciones cotidianas, mis hijos, etc.), creo que me he concienciado para aprovechar al máximo el tiempo que me queda.

Lo peor es obsesionarse. Mi consejo es que te relajes. Date una vuelta, lee un libro, vete al cine o haz deporte, lo que le sirva a cada uno para relajarse. Si ves que has llegado a un callejón sin salida, dale tiempo al texto. Escribe otra cosa… o no escribas nada. Un día, de repente, cuando menos te lo esperes, duchándote o sacando a pasear al perro, se te va a ocurrir la solución y seguirás sin problemas desde donde lo habías dejado.



Si alguien quiere empezar a leer tu obra, qué cuento o por dónde le recomendarías empezar.

Como en el caso de Rayuela, salvando las distancias con Julio Cortázar, Un ciervo en la carretera tiene un orden. Son veinte relatos a los que yo, como autor, les he dado una estructura. Dice Alberto Montaner en el prólogo que él, contra su costumbre, empezó a leer el libro «al azar y por el medio», por uno de los relatos breves. Es otra opción. Puedes empezar leyendo los relatos más breves, que son los que están a mitad del libro, y luego seguir hasta los más largos. Hay relatos de cuatro líneas y los hay de treinta y pico páginas. Otra opción es por orden cronológico. Muchos de los cuentos están ambientados en momentos puntuales de la historia. Puedes empezar por la Iberia prerromana e ir avanzando hasta llegar a la actualidad. ¿Mi consejo? Es tu libro, ¡haz lo que quieras! Léelo y disfrútalo, es de lo que se trata. Leer tiene que ser ante todo algo lúdico, no puedes acabar con dolor de cabeza y bostezando. Si quieres que te deje mi hilo de Ariadna para que luego tú te aventures en el laberinto, ahí va mi consejo: puedes empezar por «La gota que colma el vaso», un relato breve, de apenas una página. El resto ya es cosa tuya.

Hoy en día el autor tiene que ocuparse mucho de su propia promoción. 

Me viene a la cabeza una secuencia de Fama, esa serie mítica que todos los que fuimos a EGB vimos en su momento, en la que la actriz Debbie Allen, que hace de profesora de danza, les dice a sus alumnos: «Tenéis muchos sueños. Buscáis la fama, pero la fama cuesta, pues aquí es donde vais a empezar a pagar… ¡con sudor!». La promoción viene a ser el sudor de la escritura. A todos nos encanta escribir, por eso nos dedicamos a esto, pero luego viene el trabajo duro, lo verdaderamente pesado, que es tener que vender tu obra. No sé cómo será en el caso de los escritores consagrados. En mi caso tengo claro que, en cuanto termino un libro, voy a tener que convertirme en un vendedor puerta a puerta de enciclopedias, o en un testigo de Jehová que va haciendo proselitismo e intentando convertir a todo bicho viviente. Tengo un libro, un gran libro, producto de muchas horas de esfuerzo, de muchísimo trabajo, y tengo que mostrárselo a la gente y lograr que confíen a mí y me lo compren. No es agradable ni divertido, pero como decía Debbie Allen, la fama cuesta; y después de escribir un libro es cuando vas a tener que pagar… ¡con sudor! Y a veces de tu bolsillo.

¿Cuáles son tus maestros literarios?

Como decía al principio, yo me considero novelista, y mis maestros han sido forzosamente novelistas, sobre todo los grandes autores franceses y rusos del XIX, la edad de oro de la novela. Gente como Zola o Balzac, Gógol, Gorki, Bulgákov. Queda muy bien decir esto, que por otra parte es cierto, y añadir que eso no quita para que me encante leer relatos o poesía, para que tenga a Mishima y a Conrad en el mismo pedestal en el que pongo la Celestina o los cantares de gesta. Como digo, queda muy bien, muy profesional, pero tengo que reconocer que yo no empecé mi vida lectora con las grandes novelas, sino con tebeos, Astérix, Mortadelo. Nunca fui de los superhéroes de la Marvel. A mí me hacía más gracia Superlópez, lo veía más real, más incisivo. De los tebeos pasé al pirata Garrapata y Fray Perico y su borrico, y de aquí, ahora sí, ya empecé con la novela.
Lo importante es leer. Da igual si empiezas con los prospectos de los medicamentos. Leer y disfrutar con la lectura. El que quiera leer a Homero, que lo haga, y el que no, que lea Canción de fuego y hielo o la prensa deportiva. Hay cosas peores que el Marca para pasar el rato. Se me ocurre leer a De Prada.

Qué opinión, de un lector/a, te ha gustado especialmente.

Hace tiempo, una amiga mía me dijo (creo yo que sin haber bebido en exceso) que escribía como los ángeles. Es uno de esos comentarios que salen así, espontáneamente, y que reflejan lo que uno siente de verdad, sin componendas, y que a mí me hizo sentirme casi, casi, como Valle-Inclán… con menos barba, eso sí, y sin agujeros en los zapatos. Paz Olivares, de la editorial niños gratis *, también me hizo una crítica muy bonita hace unos meses, precisamente sobre esta obra, Un ciervo en la carretera, pero sería muy largo reproducirla aquí. En mi bitácora «La hoguera de los libros», la gente suele ser muy atenta y respetuosa. Claudia Lipovesky, traductora argentina, leyó allí alguno de mis relatos más largos y me mandó unas palabras que me gustaron mucho. Decía sobre mi forma de escribir que «tiene pasión. Incomoda, sorprende, golpea y, a la vez, resulta placentera».