viernes, 3 de abril de 2020

Y entonces, apareció Galdós


Maribel Orgaz - info@leerenmadrid.com
En la segunda mitad del Siglo XIX, muy poca gente en España sabía leer y aún menos escribir pero adoraban los folletines. Calabozos, mazmorras, fantasmas, raptos, duelos. Se compraban las novelas por entregas en un papel de pésima calidad y con una impresión tipográfica deficiente pero el ansia de lectura lo toleraba todo.

Una obra como La medicina curativa de Le Leroy vendió 46 mil ejemplares. Los ingresos de un escritor dedicado a los folletines a tiempo completo se han estimado en 1.000 reales semanales, aunque el poeta Gaspar Núñez de Arce se jactaba de ganar entre 5.000 y 6.000 reales. Un obrero por aquel tiempo, vivía justo pero vivía con 15 reales a la semana.

A Darwin 
¡Gloria al genio inmortal! Gloria
al profundo
Darwin, que de este mundo
penetra el hondo y pavoroso arcano!
¡Que, removiendo lo pasado incierto,
sagaz ha descubierto
el abolengo del linaje humano. 
      Gaspar Núñez de Arce

El escritor entregaba las cuartillas al editor que era impresor y librero la mayoría de las veces y perdía todos los derechos sobre la obra. Los autores se quejaban pero no había alternativa. Los lectores compraban los cuadernillos o se suscribían. Las bibliotecas públicas no estaban bien dotadas, pero las de las asociaciones de obreros y artesanos sí disponían de muchos de aquellos best-seller. Había una tercera opción, los gabinetes de lectura en donde los libros se alquilaban por horas.

En Madrid uno de cada dos habitantes sabía leer y escribir, aunque en provincias la cifra era de 3 de cada diez.  "Sólo 10 de cada 100 españoles era capaz de escribir su nombre", Historia social de España y de Hispanoamérica, Juan Beneyto. En resumen, el analfabetismo no sólo era pavoroso, apenas había un interés eficaz en disminuirlo.

Así que, desde O´Donnell a la Reina Isabel II, y por supuesto Benito Pérez Galdós, los españoles adoraban las aventuras y desventuras folletinescas y quienes no podían leerlos, escuchaban a quienes los leían para ellos. En este entretenimiento general no podía faltar la Iglesia, prohibiendo y autorizando.

En 1870, los raptos, duelos y desmayos eran temas demasiado conocidos. La aristocracia mermada, el campesinado transformándose en obrero asalariado y una clase media que iba a la Universidad y quería su trozo de pastel que tenía que arrancar por mérito y no por nacimiento. Esta clase media quería su pintura en sus salones, sus libros en sus estanterías, sus ropas, sus casas, sus bailes, sus tertulias.

La ciencia empujando a la religión, la educación poco a poco ampliándose, los nuevos gustos y la conciencia de ser diferentes. Se necesitaba mucho más que un Pablo de Olavide, uno de los grandes bestselleros de entonces, para arrancar la novela de la sombra en la que permanecía postrada: El Quijote era un árbol inmenso que durante siglos exterminó, según la propuesta de Rodrigo Fresán, cualquier cosa que intentara crecer debajo.

Los escritores desaguaron como pudieron en toda aquella masa de entregas y sólo un cataclismo social posibilitó el paso de gigante necesario: en lugar de imaginar, observar.

"Galdós es al folletín como Cervantes a la novela de caballerías.
Él creía que se podía hacer una novela que arrastrara al lector pero con unas reglas". 
La novela popular española. Leonardo Romero Tobar. 

Galdós provenía de la misma clase social que ahora dinamizaba la economía y se atrevía a sacudirse, porque no le servía para instaurarse y prosperar, el yugo mental del catolicismo. Ingenieros de caminos y médicos, como explicaba el pensador Julian Marías, eran las profesiones más habituales de los protagonistas de sus novelas. Él era un buen ejemplo de burgués culto, viajero y con un buen concepto del trabajo: sólo desde la pasión y la diversión en la escritura se pueden dar páginas durante 35 años al ritmo que él lo hacía. Tenía mala salud pero su empeño era probablemente, lo que le mantuvo vivo.

Darwin, la Ciencia, escuelas, unificación legislativa, un nuevo sistema tributario, libertad de pensamiento. El ideario de Galdós se mantuvo intacto desde su primera novela hasta su última obra.

Benito Pérez Galdós renovó la novela española no sólo como género, también modernizó su entramado comercial:

"Configuró definitivamente  un mercado lector que le permitió vivir íntegramente del producto de su pluma. Las grandes cifras de ventas sólo se estabilizaron a partir de 1870 con Galdós que vendió más de 2 millones de volúmenes de su obras. Así los comienzos de la Generación del 98 fueron mucho más fáciles, aunque sólo fuera por este precedente".






No hay comentarios:

Publicar un comentario