martes, 9 de mayo de 2023

El alma ríe y admira y no se le ocurre en el mundo nada mejor -Mozart de camino a Praga, Eduard Mörike

 


Rosa Sala Rose, junto a Elena Cortés, son dos germanistas de referencia en España y la Editorial Alba encargó a Sala Rosa la preparación, incluida la traducción, de esa pequeña obra maestra, Mozart de camino a Praga de Eduard Mörike.

En 1787, los Mozart viajaron a Praga para dirigir la puesta en escena de Don Giovanni, la ópera que fue calificada por el filósofo Søren Kierkegaard como una de las obras cumbres del arte, si no la mejor.

Mörike, un poeta del romanticismo tardío, según los especialistas, escribió apenas cien páginas fabulando sobre un paseo campestre, para estirar las piernas, tras horas de viaje en carruaje. Constanze se queda en una posada y Mozart decide andar un poco más e internarse en el bosque. Encuentra un jardín y en él un pequeño naranjo y corta, ensimismado, una naranja.

Lo que no sabe es que ese arbolito es una joya de la aristocrática familia y que va a ser entregado a la joven heredera de la casa con motivo de su matrimonio.

El naranjo es, según los biógrafos, el granado que Mörike daba por muerto y que resucitado decidió regalárselo a un amigo. El fruto que Mozart arrancó es una suerte de magdalena de Proust, según Sala Rosa: Mozart era un jovencito de trece años, asistió a una fiesta en el río y contempló maravillado cómo las muchachas se lanzaban de una barca a otra quizá naranjas quizá pelotas. Un ambiente festivo y alegre que impregnó para siempre el alma del compositor.

El constante ir y venir del pasado al presente, un Mörike en estado de gracia o podría decirse, impregnado de jovialidad y belleza, "ahogado de aromas" por la música de Mozart escribe un relato en el que también "el alma ríe y admira y no se le ocurre nada mejor en el mundo".

El lapso temporal de lo narrado es muy breve, una tarde, pero ahí están, la armonía y humor del matrimonio Mozart, el trabajo constante y en muchas ocasiones, las duras condiciones en las que el compositor tenía que hacerlo valer: "dedica la mitad de su tiempo y su energía a obtener dinero", sus distracciones con alguna otra mujer, la crítica a una aristocracia decadente que en un par de años llevaría a toda una nación a sacudirse de encima siglos ominosos, el gusto de Mozart por las fiestas que agotaban según Mörike sus nervios y su condición física. 

El lector sobrevuela diálogos sobre mitología, una noche desvelada terminando la bajada a los infiernos del comendador, un concierto a beneficio de una criada que no tiene suficiente dote para casarse, un aristócrata torpe y presuntuoso, una heredera admiradora del compositor, las fantasías de Mozart en torno a una sencilla vida campesina libre de su don. Todo armoniosamente entretejido. Todo bajo el influjo de la engañosa ligereza de la música mozartiana. 

Pero quizá lo mejor del texto es que está impregnado del asombro, del cariño sincero al compositor, del casi maternal cuidado con el que se lamenta de que no cuidara más su salud, de que dejara de lado flirteos que no le merecían como la protegida que le apodaba morritodecerdoafeitado. 

Mörike sienta al piano a Mozart, en el salón del palacio de cuyo jardín osó tomar un fruto, y regala a esos aristócratas, cuyo tiempo está ya acabado, una interpretación de una pieza que componía esos días:

"Una de esas obras en las que la belleza más pura se pone voluntariamente, como por capricho, al servicio de la elegancia, pero como si estuviera meramente velada bajo esa forma más lúdica y arbitraria y escondida tras una infinidad de luces encendidas, aunque delatando su nobleza más característica y vertiendo derrochadora su pathos maravilloso".

Hace callar a los aristócratas, les hace escuchar con interés y en solemne silencio por unos instantes. Al finalizar, su esposa le recuerda que al día siguiente han de continuar el viaje, que son las once de la noche y han de irse. Él responde que ha surgido así y ya no tiene remedio.

Tras la cena, les prestan un carruaje y la pareja se despide alegremente de sus anfitriones. La joven heredera, Eugene, no puede evitar, al contemplar cómo se alejan, que un presentimiento se abra paso en su corazón: 

"aquel hombre se estaba consumiendo rápida e irrevocablemente en sus propias brasas y no podía ser más que una fugaz aparición sobre esta tierra, pues ésta no era capaz de soportar el exceso que emanaba".

 

Este texto forma parte de la presentación que junto a María Pérez Herrero, músico, hice el pasado 9 de mayo en la Mediateca Pablo Iglesias de Alcobendas, P.º de la Chopera, 59,(Madrid). 

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