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| Fotografía: Alberto Caliani |
La risa de las hienas, un viaje a las cloacas del periodismo actual. ¿Son más cloacas ahora?
Siempre ha habido cloacas. Periodistas que quieren ir más allá de su labor de informar. Influir en la opinión pública y ser parte del poder. El problema con el periodismo actual es que lo único que importa es la audiencia. Y para conseguirla se da al ciudadano lo que quiere oír, leer o ver, no lo que necesita. Nuestro trabajo consistía en informar sobre las noticias que la gente necesita saber. Hacer una selección basada en la importancia de cada noticia. Ahora lo que hacemos es contarle lo que quiere, lo que le gusta. Y eso ha cambiado por completo a la profesión. Lo anecdótico, lo llamativo, lo curioso pesa más que lo relevante. Todo es espectáculo. Todo es sensacionalismo. Se dedican horas de televisión a la frase que ha dicho un político, a un gesto. Todo se magnifica, se exagera para que sea sensacional. Esto infantiliza a la audiencia. La actualidad se convierte en una película de malos y buenos, negro o blanco. En un mundo cada vez más complejo la información, sin embargo, cada vez es más simple.
A qué se debe el aura del periodismo “salvapatrias” que como dice el booktrailer, en realidad, sólo consiste en movilizar a la audiencia a cambiar de canal.
Hay un afán por parte de algunos periodistas en convertirse en personajes públicos, en ser famosos. En defender algunas ideas políticas más que en informar con rigor. Acabamos de vivir lo que ha sucedido con el IVA de los libros en El Hormiguero dando un dato falso o la noticia de Mañaneros en la que se aseguraba que en España la gasolina era más barata que en EE. UU. al confundir litro de combustible con galón, la medida norteamericana que equivale a casi cuatro litros. Las noticias no se comprueban, nada se verifica. Mucho menos cuando esa noticia va a favor de nuestra ideología. Es algo que se produce con mucha más frecuencia que antes. Pero el problema sigue siendo la audiencia. Pese a estos errores que demuestran un mal trabajo periodístico básico ninguno de los programas va a sufrir bajadas en la audiencia. Porque el público los ve porque son de los nuestros, porque me dicen lo que quiero oír, no la verdad.
En qué consiste el periodismo de nuestros días, ¿sigue existiendo?
No como yo lo entiendo y como creo que debería ser. En la facultad me enseñaron que el periodismo debe informar, formar y entretener. Por este orden. Ahora mismo las dos primeras premisas han desaparecido. Todo es entretenimiento. Y esto no solo ocurre en la información. Los debates son cada vez más numerosos tanto en televisión como en la radio. Lo que significa que se da más importancia a las opiniones que a los hechos. Y los tertulianos se eligen no por su preparación ni por ser los mejores expertos en una u otra materia sino por que den espectáculo. Que griten, que polemicen, que den las opiniones más incendiarias que luego tendrán repercusión en las redes sociales. Todo es una gran farsa. Ya no se informa, se hace un show.
En qué medida tu experiencia o tu desencanto en la profesión ha alimentado la novela.
Tenía claro que mi novela no iba a ser un ajuste de cuentas con la profesión, ni tampoco una recopilación de anécdotas periodística. Quería contar una historia negra. Y pocos entornos hay más negros que la redacción de un programa diario de televisión. Mi experiencia me sirvió para contar lo que está detrás de las cámaras, lo que no se ve, de lo que nunca se habla porque el corporativismo en el periodismo es muy fuerte. Quería meter al lector en una reunión de temas, en cómo se toman las decisiones en un programa de televisión, en cómo es la gente que trabaja allí. La falta de escrúpulos, la amoralidad y la inmoralidad. Ese es el marco de la historia que se desencadena por el secuestro de una reportera. Pero también quería dejar claro que los mayores responsables de que esto ocurra somos nosotros, la audiencia. Todos los días, en un programa de televisión, se revisan cuáles han sido los temas más vistos para seguir hablando de ellos al día siguiente. Se informa de lo que la gente prefiere ver. Es la audiencia la que decide. Si todo el mundo, de repente, se pusiera a ver ópera los programas de televisión darían ópera. Te pongo un ejemplo que yo viví con dos noticias dramáticas: la desaparición de Yéremi Vargas, un niño de siete años y el asesinato de Marta del Castillo. El primer caso no tuvo apenas audiencia y los medios apenas informaron de él. Marta del Castillo desde el primer minuto fue lo más visto en los programas y se habló del caso casi durante más de un año, haciendo incluso programas especiales. No fueron los periodistas los que decidieron hablar de un caso y no del otro, fue la audiencia.
Nacho, el protagonista quiere remontar desde los infiernos de su vida personal pero a través de otro infierno.
Nacho lo que ve en el secuestro es una oportunidad. La noticia perfecta para ganar audiencia. Las circunstancias vitales y profesionales que atraviesa le empujan a tomar esa decisión, pero, en la vida real, me he cruzado con más de un director de programa (y directora) que haría exactamente lo mismo que Nacho sin tener sus problemas. Conseguir audiencia por encima de todo.
Recomiéndanos algún buen ejemplo del oficio, alguna gloria del periodismo.
Hay muchos, pero, como dices, son todos de otra época. Destacaría a Ramón Lobo, ya desaparecido. Sus crónicas y reportajes siempre estaban marcados por su profesionalidad y por la necesidad de contar la verdad por encima de todo. Tuve la fortuna de conocerlo y era uno de esos periodistas comprometidos con su trabajo que no es otro que el de contar lo que pasa sin pensar en nada más. Con rigor, con independencia, con objetividad. Pese a quien pese.
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