Maribel Orgaz - info@leerenmadrid.com
Me incorporé como coordinadora al segundo grupo Club de Lectura de la biblioteca municipal Pedro de Lorenzo de Soto del Real (Madrid) en 2018. - Teléfono. 918 48 01 14
Si tienes interés, he publicado, Cómo organizar un club de lectura.
Tu ducha
A veces se me agota la paciencia:
ya te he dicho que arregles
la presión de tu ducha, que le cambies
el cabezal, que ya está medio roto,
que compres una alfombra para no
resbalarnos.
Todo esto tengo que aguantar
cuando estoy en tu baño y, sin embargo,
tiene también ese jabón que huelo
en tu piel cada día.
No importa que tu ducha sea pequeña
o vieja, porque es tuya
y con eso me basta.
Recuerdo que una vez me pregunté
si tú y yo tendríamos dos ángeles de la guarda,
porque estando siempre juntos
habría sido un despilfarro.
Uno solo habría sido suficiente.
No se me pasó por la cabeza
Que pudiéramos separarnos
y entonces el ángel
se hubiera visto obligado a elegir
o, tal vez, uno de nosotros hubiera tenido que renunciar.
Sinceramente dime:
¿No te pesa haberlo dejado
solo para mí?
En nuestra reunión de abril ponemos en común dos cuentos emblemáticos, La velocidad de los jardines de Eloy Tizón y Mi hermana Elba de Cristina Fernández Cubas; en lugar de un libro que es nuestra dinámica habitual.
En general, nos han gustado ambos relatos y comentamos que ninguno encaja en lo que podría denominarse cuento o relato clásico. Esta definición, cuento o relato, nos da pie a preguntarnos sobre las diferencias. Si bien un cuento aludía al género de ficción y un relato se ocupa de hechos verídicos, se puede decir que hoy en día, se emplean indistintamente.
Repasamos también lo que el propio Eloy Tizón ha denominado postcuento, un intento de renovación del género para romper el molde que le encorsetaba hasta impedir su renovación.
El cuento clásico aspiraba a lograr una elaboración perfecta, un final sorprendente, a suprimir todo elemento innecesario. El postcuento se plantea que no hay causa-efecto, que elementos sin importancia pueden incluirse también y que la psicología de un personaje puede reducirse al mínimo. Que quizá crear ambientes es el objetivo por encima de cualquier otra consideración y que los finales pueden ser abiertos o la narración dejar misterios en los significados sin una conclusión definida.
De La velocidad de los jardines destacamos la atmósfera que es capaz de recrear Eloy Tizón y que para la mayoría de nosotros es familiar: aquel curso, aquel momento, durante los estudios en los que definitivamente pasamos a ser adultos.
Itinerarios por materias, decidir qué camino escoger con vistas al futuro laboral, comienzan los enamoramientos, nos sometemos a exámenes cada vez más exigentes y vemos a nuestros docentes de manera más compleja, más allá de su profesión.
La profesora de inglés da a luz a trillizos, el director espera con parsimonia que se desaloje el centro por una amenaza de bomba. El alumno que no es aplicado destaca al fin en algo, aunque sea por apoyar a la alumna expulsada que está enamorada de él. Pequeños acontecimientos que a esa edad lo son todo.
Leemos algunos párrafos en voz alta y destacamos cómo se intercala la revolución francesa o las matemáticas en lo que verdaderamente importa a chicos y chicas adolescentes: sus compañeros, sus relaciones, los resultados de los exámenes.
A continuación, abordamos Mi hermana Elba de Cristina Fernández Cubas que a diferencia del primero nos parece un cuento que progresivamente se va oscureciendo hasta casi convertirse en algo extraño, ¿ser arrepiente la protagonista-narradora?. Leemos algunos párrafos en voz alta y discrepamos acerca de si los escondites de las niñas son reales, fruto de su imaginación o metafóricos, si no son vistas porque los adultos simplemente, las ignoran.
El final es impactante y una narración que había comenzado con un hecho anodino, padres separados que envían a sus hijas a un internado se transforma en una tragedia en la que la pequeña Elba es por así decir, sacrificada.
Estuvimos paseando a través de los campos
en un vagón al amanecer.
Una herida rosa roja en la oscuridad.
Y de pronto una liebre atravesó la carretera.
Uno de nosotros la señaló con la mano.
Eso fue hace tiempos. Hoy ninguno de ellos está vivo,
Ni la liebre, ni el hombre que hizo el ademán.
¿Oh, amor mío, dónde están ellos, a dónde han ido?
El destello de una mano, la línea de un movimiento,
el susurro de los guijarros.
Pregunto no con tristeza, sino con asombro.
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